La psicoterapia, desde mi experiencia

September 9, 2014

 

En la fase final del colegio estaba muy confundida. No quería vivir como todos viven, no quería estudiar para luego trabajar incansablemente en función de tener dinero para comprar todo aquello que podría creer que necesitaría, y luego jubilar cuando ya no me quedaran fuerzas para disfrutar la vida. Tenía una visión bastante positiva del futuro, como pueden ver.

 

El arte era en esos tiempos, de acuerdo a lo que yo creía, lo que me permitiría expresar por alguna vía la inmensa creatividad y el talento con el que creía contar, pero el miedo a no poder vivir de ello y el interés por entender mi propia angustia existencial y por acercarme, al menos un poco a develar el funcionamiento de la mente humana, me llevó ilusamente a estudiar psicología.

 

A mediados de mi carrera tuve la sensación de que había errado el camino y que la psicología no daría sentido a mi vida, hasta que providencialmente (es sólo un modo de decir) encontré una teoría que daba respuesta a muchas de mis preguntas. Creí, por algún tiempo, que había logrado comprender al “ser humano” y pensé, de acuerdo a lo que me enseñaban, que podía reducir a los individuos a categorías, procesos y teorías y eso me hizo sentir muy “segura”. Continué estudiando y especializándome una vez titulada, maravillándome cada vez más con la psicoterapia y con lo “explicativo” que era mi modelo, pero al poco andar, a pesar de los buenos resultados y a la positiva retroalimentación que obtenía en mi trabajo, las personas a las que atendía comenzaron a demostrarme que hacer terapia no consistía en buscar explicaciones en categorías y que las personas no cabían dentro de los modelos.

 

Comprendí que debía dejar atrás mi “preciado modelo teórico”, no borrarlo, sino dejarlo como telón de fondo  y volver al estado de “no sé” para ver realmente a la persona que tenía al frente, ya que sólo así era posible meter la nariz en el mundo interno del otro y ayudarlo a sanar por sí mismo.

 

Hoy me fascina la psicología y continúo estudiando, pero veo con desazón, cómo todavía se enseñan y se establecen como verdaderos, modelos que asumen que las personas funcionan como entes fabricados en serie, con sólo pequeñas diferencias entre sí. Estos conocimientos están avalados por la ciencia, pero no podemos olvidar que la ciencia, principalmente aquella referida a los procesos humanos y sociales, es inexacta y está en permanente evolución y cambio. Lo que ayer era verdad, hoy puede ser considerado un absurdo. Tanto la psicología, como la ciencia, pueden llegar a funcionar como la religión; Si se tiene fe en una teoría, científicos y psicólogos son capaces, incluso sin darse cuenta, de hacer que todo calce dentro de ella, aun cuando para eso sea necesario negar parte importante del fenómeno o de la experiencia del ser humano que se tenga enfrente.

 

Para mí, no existe ciencia que explique cabalmente a las personas, ni teoría que los aborde en su totalidad. Por ello, los psicólogos, desde mi particular modo de ver, deberíamos sentirnos seguros en la inseguridad de haber estudiado, tal vez mucho, para sólo tener nociones de psicología y no de cada persona a la que vamos a atender. Debemos evitar, dentro de lo posible, los apriorismos, ser capaces de de-construir las historias y relatos y mantener nuestros “saberes” como conectores y posibles fuentes de referencia para intentar “VER” realmente a las personas.

 

También, creo que DEBEMOS mantener una buena higiene psicológica (valga la redundancia), esto implica ser capaces de detectar cuándo nosotros mismos necesitamos de alguna instancia terapéutica y ponernos en el rol de pacientes o clientes, ya que somos nuestro propio instrumento de trabajo y debemos saber además, qué se siente estar en ese lugar. De esa manera podemos ser empáticos, continuar entregando un buen servicio y disfrutando la increíble posibilidad de compartir la experiencia terapéutica de las personas que nos permiten día a día entrar en sus vidas para comprender, integrar y, de algún modo, acompañarlos o guiarlos  en su proceso de integrar y sanar.

Finalmente quiero señalar que, desde mi experiencia, la psicoterapia SIRVE muchísimo, pero para que esto suceda, terapeuta y paciente o cliente (no me gusta ninguno de estos términos) deben estar dispuestos a entrar en este intercambio, con voluntad, confianza y responsabilidad. Como decía uno de mis profesores de pregrado, “el psicoterapeuta es especialista en psicoterapia y el paciente es especialista en sí mismo”, por tanto, la unión hace la fuerza.

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