• Paulina Sallés Bastarrica

EL PROCESO DEL COVID-19 EN CHILE Y LOS EFECTOS PSICOLÓGICOS DE LA CUARENTENA


El Covid-19, una nueva cepa de Coronavirus, se ha expandido de manera fulminante a través del mundo. Siendo Chile un país tan distante de China, lugar donde se originó este virus, muchos al inicio consideramos improbable su llegada a nuestro país. Sin embargo, cuando se hizo presente en Europa y comenzaron a llegar los primeros casos a nuestro continente, fuimos paulatinamente cambiando nuestro enfoque al respecto.


En un principio muchos nos mostrábamos incrédulos y no comprendíamos el porqué de la alarma que empezaba a manifestarse en la población, pues entendíamos que el coronavirus era menos grave y era menos mortífero que otros que ya habían asolado al mundo con anterioridad. Sin embargo, con el paso de los días fuimos comprendiendo que en realidad el tema de fondo es su alta tasa de contagio y la existencia de una población de riesgo para la que las consecuencias de contraer el virus pueden ser nefastas. El golpe de realidad llegó definitivamente cuando fuimos testigos de lo que estaba sucediendo en Italia y supimos que si no tomábamos medidas extremas a tiempo terminaríamos colapsando nuestro sistema de salud y lamentando cuantiosas muertes.


Las primeras disposiciones, tras recibir información suficiente, fueron mejorar las medidas de higiene con instrucciones claras y concretas y limitar el contacto físico tomando una mayor distancia de los demás y dejando a un lado los saludos de mano, besos y abrazos (cosa que para muchos de nosotros ha sido bastante raro e incluso difícil). Luego, en función de limitar aún más el contacto se recomendó el tele-trabajo o home office y la cuarentena voluntaria (moralmente “casi obligatoria”) para quienes pudiesen contar con las condiciones para hacerlo.


En medio de esta vorágine, comenzaron a aparecer muchas noticias falsas, recomendaciones erradas e información contradictoria, aumentando consecuentemente la confusión, la angustia y la sensación de indefensión. No obstante, paulatinamente la información oficial permitió aclarar las dudas y tener nuevamente un mayor control en el autocuidado y en la protección de los demás.


Tras el decreto de Estado de Excepción Constitucional de Catástrofe a nivel nacional por 90 días, muchas personas que aún no asimilaban la gravedad de la situación lo entendieron por fin y comenzaron a acelerar el proceso de cambio en sus rutinas. En otros casos aumentó el temor y la angustia y, probablemente en un gran porcentaje de la población, se generó una suerte de pseudo-tranquilidad relacionada con una mayor predictibilidad y sensación de control al ver que se proponían planes y acciones concretas para manejar la situación.


Por el momento, quienes regresan de algunos países considerados de riesgo deben permanecer en cuarentena obligatoria por 14 días en sus domicilios, aislados de las personas con las que conviven. Este es un período suficiente para determinar si presentan algún síntoma, reduciendo el riesgo de contagiar a otros. La medida también aplica a quienes hayan estado en contacto con personas diagnosticadas con COVID 19 y a los infectados que no requieren hospitalización. Se ha pedido además a la población no infectada y/o que aún no presenta síntomas, que dentro de lo posible, se mantenga en sus casas para frenar la propagación del virus y aplanar la curva de contagio, de manera que sea posible evitar que el sistema de salud se vea superado. Ésta, por tanto, es una medida necesaria, altruista, un acto de responsabilidad, ciudadanía y solidaridad con la población de riesgo, a saber, las personas mayores o quienes padecen de afecciones médicas preexistentes, como hipertensión arterial, problemas cardíacos, diabetes y otras.


Un estudio publicado en la revista médica The Lancet, realizado por un equipo de psicólogos e investigadores de la universidad King’s College de Londres reveló (como se puede anticipar) que el aislamiento y la cuarentena tienen efectos psicológicos negativos, que incluyen confusión, irritabilidad y síntomas de estrés postraumático, aseverando que la mayor parte de los efectos adversos proviene de la imposición de una restricción de libertad. Esto implica, que la cuarentena obligatoria sería la que más efectos psicológicos negativos genera en los individuos, asociándose la cuarentena voluntaria con menos angustia y menos complicaciones a largo plazo.


Los mayores estresores, de acuerdo con la investigación, fueron el temor al contagio, una mayor duración de la cuarentena, el aburrimiento, información y suministros inadecuados, frustración, estigma y pérdidas económicas. En algunos casos los efectos se prolongaron incluso pasados varios años desde la cuarentena.


Sin embargo, a pesar de que la mayoría de los efectos psicológicos de la cuarentena sean negativos, es necesario llevarla a cabo pues los efectos psicológicos de no implementarla, permitiendo que la enfermedad se propague serían peores.


Puesto que la cuarentena es fundamental para garantizar que esta contingencia sea lo más tolerable posible, el Gobierno debiese dar información clara y actualizada, generar campañas informativas y contar con guías de consulta que permitan comprender a cabalidad lo que está sucediendo y por qué. Asegurar un abastecimiento básico (alimentos, agua, elementos para la desinfección y suministros médicos).


Es necesario además, que las campañas comunicacionales se enfoquen a reforzar la sensación de altruismo y responsabilidad de las personas consigo mismas y con los demás, justificar claramente la necesidad de establecer la cuarentena y brindar información sobre los protocolos a seguir en caso de contagio.


El estudio concluye que “Si la experiencia de la cuarentena es negativa, los resultados de este estudio sugieren que puede haber consecuencias a largo plazo que afecten no sólo a las personas en cuarentena”, sino también al sistema de atención médica que administró la cuarentena y a los políticos y funcionarios de salud pública que lo decretaron”.


Por esta razón, es muy necesario que, además de esperar una buena gestión a nivel gubernamental, podamos tomar medidas individuales, familiares y comunitarias que contribuyan a que el aislamiento pueda ser mejor tolerado, e incluso tener algunos efectos positivos para las personas y familias para minimizar el malestar y las secuelas mentales y emocionales. En columnas posteriores hablaremos de estos temas.



La información acerca del estudio fue extraída de “The psychological impact of quarantine and how to reduce it: rapid review of the evidence” publicado el 14 de marzo en la revista médica británica The Lancet. Los autores son Samantha K Brooks, Rebecca K Webster, Louise Woodland, Simon Wessely, Neil Greenberg y Gideon James Rubin.

  • Psicología y autocuidado
  • Paulina Sallés Psicóloga
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